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Humanos

Humano: primero entra como cadete de la empresa; prontito –el chico es muy capaz y sus padres para eso lo han criado- llega a administrativo calificado. En pocos años la empresa le paga cursos en el exterior: el chico ya se siente un ejecutivo; tiene un par de postgrados en universidades privadas del Norte y, por lo tanto, la intuición le dice que pronto llegará a gerente. Pero no: ha llegado a más todavía; lo cambian de circuito; ahora es responsable de Latinoamérica; le pagan su casa, su country, su servicio doméstico, las escuelas para sus dos hijos (uno varón y otro nena), la mejor asistencia social del mercado; y un día llega el vendedor de terrenos mortuorios y ya tiene asegurada la mejor lápida en el barrio residencial de Santiago, de Buenos Aires o de Brasilia. Pero falta más –el chico podía, recordemos- Ahora ya tiene un título extra: es director. Su sueldo ha aumentado en un trescientos por ciento; decide comprar inmueble en Paris, quizás también en México; y ya no importa si duerme con su pareja en camas separadas: de hecho es casi una necesidad. También puede pagarse el mejor BMW de plaza, la mejor personal trainner y –¿por qué no?- la mejor amante. ¿Qué quiere decir “la mejor”? Siempre le dijeron que quería decir “la más cara”; y eso no se discute. Si es cara, coje bien. Pero llegó a viejo… y a pesar de que está en el mejor geriátrico (cuatro habitaciones, una con baño en suite; todo el personal doméstico a su disposición, un hermoso jardín con aljibe y vista al río, plasma tv y una notebook) padece de un Alzehimer que ocasiona que ya no le salgan vocales (tampoco consonantes) y que su vida útil sea inútil desde los sesenta y cinco años. Cree, en el fondo, que la enfermedad es genética o, en todo caso, que le sucede por todo el stress del poder… la cuestión es que ya no puede. ¿Qué no puede? Dedicarle –como había pensado cuando se jubilase- un par de horas a aprender piano –o violín o bandoneón, lo mismo da- porque (en realidad) el deseo de toda su vida –que lo había descubierto una tarde gris en un aula de San Telmo- pasaba por el pentagrama.

Humano: comunicación… ¿Qué es eso? Redundante por los carriles del siglo XXI, la comunicación ya no es el propósito; el tema es “tener al otro” al alcance de un dígito, de una mano: celulares, el gran invento contra-fóbico, contra-vacío y contra-angustia. El invento que metaforiza el modo que la Ciencia tapa una hiancia infinita y, a la vez, nombra la falla en taparla: intente comunicarse un treinta y uno de diciembre a la medianoche; intente comunicarse cuando se ha quedado aislado en mitad de un bosque o en la cima de una montaña… La cuestión –insisto- no es esa, sino llevarlo como prê-a-pôrter, en la cartera de la dama y el bolsillo del caballero. Para eso la moda se ha puesto al alcance de esa demanda insaciable: hay colores acorde al vestuario y otros ya tienen precio acorde al prestigio de la marca; pronto encontraremos los Christian Dior compitiendo contra los Versacce. Celulares: el no-lugar de la comunicación: chicos que lo llevan a la escuela, adolescentes que no pueden dejar de usarlo a las tres de la mañana en medio del ruido de un boliche, mujeres que se pasan la receta mientras están en el couffieur; las esquinas porteñas rodeadas de gente desorientada porque perdieron al amigo y entonces preguntan: “¿estás llegando?” o “¿me ves?” o “¿en qué esquina estás?”- Todas absolutamente, manifestaciones angustiosas reactivas a la pérdida del otro y del vacío que la existencia –por estructura- define; por eso –justamente- si la ocasión no da para hablar, entonces el aparatito servirá para jugar… freudianamente hablando: dolor de sentirse dividido; tangueramente hablando: la angustia de no haber sido y el dolor de ya no ser…

Humano: inventor de un sistema informático que mueve el mundo comercial e industrial, el mundo geopolítico y estratégico, el mundo del transporte urbano y espacial. ¿Pero dónde se encuentran los grandes goces del “sistema”?: dentro de los cybers; en los locales donde cada cajuela (en inglés técnico puede leerse: box) esconde un ciudadano (alejado de toda la parnafernaria informática y acercado a su estructura neurótica) que –usufructo técnico mediante- masturba su ser frente a una señal pornográfica que le llega de China o de Rusia o de Alemania: ese frotamiento fálico olvida momentáneamente que sin las máquinas no hay buque o avión o laboratorio o banco que pueda funcionar; esa masturbación frenética y sistemática olvida –por unos segundos- que el aislamiento es el tributo que el capitalismo paga al cuerpo.


Humano: él tiene ciento cincuenta corbatas (todas de seda italiana o suiza y todas perfectamente ordenadas por tonalidades); ella, cienotreinta pares de zapatos, quince pares de botas y cincuenta pares de zapatillas: todos ordenadísimos en el nuevo vestidor que hicieron recientemente en la suite de la habitación del nuevo country. Pero ella no está enamorada de él ni a él le importa demasiado escucharla ni saber qué piensa… Sólo el status lo juntan. Y algo más: la demanda, de ambos padres, de un nieto. Pero hace seis años que lo buscan y ella no puede quedar embarazada. No importa: con la ciencia todo es posible: forcluyendo al sujeto se crea un clon: vía experimental, van y lo tienen. Todo es fácil. Ahora ha nacido el hijo de la Familia, el que va a heredarlo todo. Pero, un año después, ella se enamora de su personal trainner. Y parece que hay reciprocidad; y que ya sueñan con vivir juntos: él no tiene mucho dinero pero le ofrece un departamentito en San Cristóbal; muy lejos de Pilar pero cerca de su corazón. Los padres de ella no pueden pelearla más; deciden ceder: de todas formas ya tienen al heredero y, a la vez, saben que de ella no se puede esperar más. Sin embargo, después de un par de meses, ella queda embarazada: milagro que la ciencia, por supuesto, no puede entender; pero que los poetas conocen demasiado.


Humano: a los tres años ya maneja el ratón de la notebook, las ventanas de los utilitarios, los juegos virtuales; el control remoto del dvd, el mp5 de papá; a los cuatro hace los cambios del coche de mamá; a los cinco ya entendió que papá se separó de mamá porque mamá se enamoró de otra mujer; finalmente, a los siete, la maestra le pide de tarea para el hogar que recorte las sílabas de algunas revistas y las abroche en un cuadernito verde formando palabras monosilábicas. Ahí comienza a entender que algo empieza a fallar. A los doce se aísla porque se aburre de todo el sistema pedagógico escolástico; a los trece ya tiene quinientos veintidós amigos virtuales que nunca conoció personalmente; a los veinte se recibe de ingeniero en sistemas. A los veintiuno comienza su primer tratamiento "psi" porque no sabe separar el pene de su mano ni unir el corazón a su cabeza.


Humano: él siempre quiso tener un hijo varón. Cuando la conoce, ella le sentencia: “un hijo es un hijo es un hijo y es un hijo.” Un amigo de la familia, psicoanalizado y en camino a ser médico, le facilita las cosas y le aclara: “Sexo no es sexualidad.”- Una amiga de un amigo, inteligente ella, le declara: “¿Qué fantasías tenés vos con que sea varón? ¿Fuerza, vitalidad? ¿O simplemente menospreciás a la mujer?”- A él, hablando en criollo, le chupa un huevo. Quiere un varón y ya tiene hasta el nombre. Su mujer no lee en ese deseo más que un anhelo de padre estúpido y empobrecido; pero ella lo ama y lo acepta así; un poco bruto. Nace el primogénito. Es una niña. Al año el matrimonio se separa. El amigo –ya médico- le susurra al oído: “No solamente algunas mujeres se casan para tener hijos, verdad?”-


Humano: ella siempre se acomplejó con sus tetas… que demasiado chica, que demasiado grandes. Sus tetas eran las culpables de todo: que a los quince nadie la miraba; que a los veinte la miraban todos; que a los veintitrés los chicos del boliche sólo querían de ella nada más que sexo; que a los treinta ya estaban muy caídas… Cuestión que todo empezó con una simple operación. Cirugía menor, como la llaman. “Después de todo” –razonó- “a ellos les divierte y yo puedo hacerlo.”- El proyecto siguió con su nariz; más tarde el problema estaba en sus orejas… así el conflicto bajó a los párpados y finalmente, dándose cuenta que la cirugía lo puede casi todo, también modificó sus manos. Cuando se dio cuenta, había pasado tres cuarto de vida en el quirófano. Del otro cuarto, la mitad lo consideró “vida útil”; pero de esa mitad, sólo una parte sirvió para que ella vuelva a disfrutar un boliche, una salida, un cumpleaños o una plaza con su fiel mascota Alice. Se había olvidado, entre idas y vueltas al quirófano, que la culpa no había empezado en las tetas sino en su razonamiento: podía ser cierto que a ellos les resultase divertido; pero ahora había comprobado que los tipos de los cuales ella gustaba no se fijaban tanto en las tetas sino en otro órgano: el corazón. Con la obvia mala suerte de encontrarse siempre con los interesados en tetas. Cuestión que ahora su cardiólogo le había informado que necesitaba una operación urgente –de las que se dice mayores- y que la causa del problema fue el resto de las menores. Con suerte y espera mediante, va a tener un corazón de plástico: igual que sus tetas.

Humano: él tiene un solo deseo: llegar a tocar percusión en el que será el mejor grupo musical de la década: perdón, del siglo. Pero tiene la suerte de que tiene un padre dueño y director de una cadena gastronómica, y tiene la suerte de tener la mejor pre-paga médica y la suerte de que nunca le ha faltado el desayuno en la cama que la mucama gentilmente le acercó todas las puntuales mañanas de su adolescencia. También tiene otra suerte: la madre co-dirige la empresa y lo ha invitado a ser el nuevo gerente de recursos humanos. Y tiene una suerte extra: le han regalado el último modelo sedán de la Wolskwagen; porque –como dice su hermano mayor- “un Bora es un Bora”- Después de dos años en la organización; comienza a darse cuenta que ya no se reúne con sus amigos de la banda; y que el proyecto musical cada día está más lejos. Después de un tiempito más; comienza a tener síntomas de ahogo y de arritmia. Finalmente, un análisis le devuelve un diagnóstico desalentador: sus plaquetas cada vez decrecen en proporción geométrica y nadie puede entender el porqué. Con la suerte de tener paga la mejor cobertura médica; se interna. Al poco tiempo sale algo recuperado. Pero –al igual que un excombatiente- un estado depresivo agudo le ha saltado encima y hace que se desplome cada mañana cuando la doméstica le alcanza el desayuno. Sus padres, ha tenido la suerte de tener unos padres preocupados por su salud, deciden llevarlo al mejor neuropsiquiátrico del país del Norte. Pero él no vuelve. Estando internado le han informado que su extraña enfermedad sin nombre también le está quitando los glóbulos blancos. Poco antes de morir, declara: “un Bora es un Bora y yo no fui yo.”-

Humano: me gustan las lapiceras plumas; colecciono algunas: mi pareja me las regala cuando se aproxima una fecha simbólica. Un caluroso día de diciembre, entro a preguntar por el precio de una. Me gustan las que tienen el plumín en oro blanco y que por fuera son humildes, sin ostentar el valor que poseen. Estoy de franco y hace calor; entro al local con unas zapatillas rotas y con cordones sueltos, una bermudas y una remera bastante vieja; mi barba debería estar muy desprolija: eso es muy feito, sobre todo para cierta gente de Barrio Norte. Pregunto por una pluma que ya tengo en mi casa; sólo a modo de curiosidad. Es una MontBlanc de la colección Chopin. El vendedor me mira de arriba abajo; me hace sentir un imbécil que viene a invadir su valioso tiempo; me imagino que razona: “¿Y vos pensás comprar esto?” Casi sin ánimo chequea el listado y me dicta el precio: “Quinientos dólares”- Doy las gracias y salgo. Ese desprecio me recuerda a su contracara: el servilismo; y pienso en un bar cerca de casa en donde todos son “doctores”: abogados que –muchos de ellos- no sabrán ni cómo se escribe una tesis doctoral pero que –propietario del bar y meceras bien instruidas, mediante- son tratados todo el tiempo con ese poderoso significante. Desprecio y servilismo: ninguna de esas caras sirve para la venta. Un año después entro al mismo local de lapiceras. Ahora visto –digámoslo en lunfa- de modo muy pituco. No es mi día franco. Vivo a dos cuadras de esa gran librería y en un break pasé y observé que volvieron a comercializar las famosas y antiguas Pélikan. El mismo vendedor –muy cordialmente ahora, como si reconociese en mi unos cuántos títulos de postgrado- sonrisa mediante, me dice: “Mil quinientos pesos, caballero… Cuando guste se la podemos probar.”-

Humano: él se despierta puntualmente siete y treinta. 7.45 está bañado. 8 en punto ya se cambió: corbata de seda, camisita blanca; saco de lino, pantalón en juego; zapatos italianos… un chiche. 8.05 saca el Mercedes Benz de su Torre. 8.35 está ingresando al Holding donde va a ocupar el sillón de siempre, después de saludar a las recepcionistas de siempre; después de sonreírle a la secretaria de siempre; después de tomar la primer aspirineta de la mañana, la misma de siempre. Reuniones, almuerzos de empresa, firmas y contrafirmas; alguna distensión a las 16.00 que se matiza con un rico té de la india (a él le gusta el té verde pero su secretaría siempre le compra negro); todo termina siempre entre las 19 y 20 horas. 21 horas está llegando para la cena de su casa, a veces lo hacen en restaurantes de Madero o Recolecta. Todo puntual; todo justo; todo preciso. Pero hace mucho que él tiene sueños raros; y de repente un día decide cortar su rutina horaria y salir tres horas antes. ¿Dónde va? ¿Golf, tenis, póker? No. Nada de eso. Leyó por Internet que la seducción entre varones puede ser algo fascinante. Leyó también que a ciertos varones homosexuales (él subraya que no lo es) le gustan trajeados; y sobre todo al salir de la oficina. Quiere jugar. En principio dice que es un juego. Se va a un shopping y comienza una ronda de seducción: miradas que van, vienen… De pronto entra a un baño junto con otro que lo sigue. El baño es tranquilo. Van a un mingitorio privado. Él quiere jugar. Se repite: “es sólo un juego. Yo no soy homosexual.”- La rutina del jueguito seductor se repetirá por meses, por años… nunca hablan; si el otro le pregunta el nombre, él simplemente le toca el hombro y le dice: “Fue.”- Pero un día no pudo pronunciar el pretérito. Ese hombre tenía algo diferente: quizás el perfume que llevaba le recordaba al de un ex compañero de oficina, cuando todavía no era gerente. Quizás su sonrisa; quizás su aire desprejuiciado. Cuestión que se siguen viendo. Misma hora, mismo lugar: todo bien. El juego sigue... pero de a dos. Un día se anima y van a un hotel. Así pasan los cinco primeros años. Después él decide que su compañero merece un departamento en Barrio Norte: lo alquila; es más barato que pagar hoteles cada vez. Por otro lado ya se extrañan mutuamente y la mayor parte de la semana cohabitan. Sus hijos siguen creciendo. Él también sabe que la mujer tiene un amante; pero calla: después de todo, ella también tiene derecho a divertirse con alguien… El satatus-quo no se interrumpe y –mientras tanto- él sigue jugando a que no es homosexual.

Humano… De Humus, bajo tierra.














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