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Buda con Lacan


En el Seminario sobre la Ética del Psicoanálisis ; Lacan nos informa –vía una cruel cita freudiana- que es en el Malestar en la Cultura , donde se nos recuerda que el goce es un mal ya que entraña el mal del prójimo; y –acto seguido- nos propone una tesis: el cruzamiento hacia la frontera más allá del principio del bien lo constituye lo bello .


La pregunta que se impone, tras este brevísimo introito, sería: ¿qué puede tener en común el Budismo con el Psicoanálisis? Más precisamente: el Budismo de Siddharta con el Psicoanálisis que Lacan supo interpretar desde Freud. Esa comunión no creemos, ciertamente, que sea otra cosa más que una ética. Para Buda, para Lacan; esa comunión quiere decir vacuidad. En términos clínicos: castración.


Así como Lacan ha escrito Kant con Sade, demostrando que el Bien (Gute) tiene su margen donde el goce tiene derecho al dolor; no hay duda que se impone un parafraseo al maestro: Buda con Lacan quiere decir que el analista –vía su constructo clínico, invento freudiano- no puede sino funcionar como un maestro zen –vía bodhisatva, vía Iluminación- para que la incompletud y lo inefable hagan eco en el corazón mismo del deseo. Podríamos recordar que Psique comienza a vivir como sujeto-del-pathos cuando el deseo la abandona. Como nos propuso Lacan con su Estadio-del-Espejo y nos subraya en el Seminario 2:“… el yo (…) conserva un carácter cautivante del que hay que desprenderse para acceder a nuestra concepción de sujeto.”


También los analistas sabemos que el dispositivo que compromete al analizante en su diván; debería pautarse harto más por interpretaciones al estilo kóan-búdico que por aquellas consignas pseudolacaniosas que suelen a veces vulgarizarlo todo.

Sabemos que la función del análisis no se limita a responder a la demanda por el no sufrimiento; sino, antes bien, a aceptar –como nos enseñó Freud ya en sus primeros escritos- que el Sufrimiento es constitucional en el sujeto; y que se podrá pretender –en todo caso- transitar de la “miseria neurótica a la desdicha cotidiana” . Ese sufrimiento no se connota a un estoicismo encadenado en ideologías y ritos anexos; ni siquiera se trata del padecimiento Cristiano de llevar una cruz al hombro.
En términos del Buda, el sufrimiento constituye su Primer Noble Verdad y se organiza a través de un vacío. A ese vacío, el Budismo lo ha bautizado Sunyata, Freud: Spaltung; que –valga la aclaración para ciertos espíritus reduccionistas- no debemos confundir con la escisión del Yo (Ich-Spaltung) ya que la lectura que Lacan nos ha enseñado habla de la Hiancia del Sujeto. Sujeto dividido, constitucionalmente, por lalengua que lo sujeta; atravesado –vía pulsional- por palabras. Si el analista no responde a la demanda para preservar el vacío; el Maestro Zen, con su acto, también intenta la renuncia, determinando que –más allá de la culpa y el temor- el sujeto responda no cediendo a su deseo.


Como nos propone Lacan, la Religión trata de evitar este vacío (lo desplaza – Verschiebung -); el Arte lo reprime (Verdrangung) y la Ciencia, sin más, directamente lo forcluye (Verwerfung); taponando –vía los nobles prototipos farmacológicos y el álgebra de su discurso- el síntoma constitucional del ser-hablante. Por eso no podemos confundir Psicoanálisis con Ciencia ni Budismo con Religión.


Más allá de estos recursos con los que el sujeto cuenta para sostener-se; se impone la espiritualidad –una ética de lo Bello- terrero en cada sujeto cosecha su movimiento deseo/amor del modo que ha sabido pivotearlo: como bien se lee en un hermoso pasaje budista de la obra teatral El Último Yankee, de Arthur Miller, es posible que el carpintero encuentre espiritualidad en el mismísimo recorrido que va del martillo al clavo; espiritualidad cuya frontera bordea los cánones de la poesía y que –como la histérica en sus comienzos- nos recuerda que el deseo no sólo sigue siendo una buena defensa contra el goce, sino que es, además, la característica que define lo humano.


Marcelo Augusto Pérez.-


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