Discurso Amoroso versus Discurso del Capitalismo
Cuando Platón trabaja en su Banquete el estrecho vínculo existente entre el amor y la pobreza, ya introduce la idea del
deseo hermanado a la falta; de allí que el personaje de Diotima sea tan
central en la obra. Como dirá Antonio Negri, en un trabajo sobre el
tema en co-autoría con Michael Hardt, se trata de entender que la
pobreza moviliza el deseo: es su motor. La pareja no es entre pobreza y
riqueza sino entre pobreza y amor. De ahí que casi polarizando términos
podríamos llegar a una conclusión de Perogrullo: el amor es riqueza en sí. Pero
también podemos dar un rodeo extra: quien ama no necesita mas riqueza
que la que su amante le asegura; y ya sabemos, Lacan mediante, de qué
riqueza estamos hablando: del agalma socrático que el maestro francés ha bautizado con una letra y que constituye el nombre de la falta: el a.
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El vínculo entre amor y riqueza y su oposición con la pobreza, parece remitirnos a algo más tangible. Si el agalma,
el ornamento, representa el tesoro amoroso secreto y movilizador,
parecería que una vez localizado y hasta –diríamos- pulido, los erastes/eroménos
del vínculo comenzarían a reemplazar ese brillo por otro. ¿Será por eso
que cuando el vínculo amoroso amenaza a desfallecer, la pareja comienza
a trocar la pasión de los cuerpos por la pasión de los bienes
materiales, comenzando ahí una serie de modificaciones en los hábitos
que no excluye el hecho de las compras compulsivas, de ciertos desbordes adictivos o de algunas tendencias que incluso rayan con lo ostentoso?
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Se podría trabajar esta hipótesis partiendo de la base de los 4 + 1 discursos que Lacan inventara: el discurso Capitalista es inversamente proporcional al discurso amoroso.
Si seguimos esta aproximación, también podríamos afirmar que a mayor
producción, mayor pasión (el discurso amoroso está invadido de
producción poética) y que a mayor consumo (de bienes -que sin miedo podemos llamar tangibles en oposición al agalma-a
que es intangible por definición-) menor producción deseante, lo cual
no suena tan ilógico si pensamos que el deseo debe dar un rodeo
alrededor de la falta (al igual que la pulsión en su versión topológica)
y que al quedar consumado muere inmediatamente en el campo de la
realidad concreta; es decir, desaparece del campo del discurso para pasar a quedar petrificado en el marco del consumo de mercado; donde allí se silencia.
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Amor implica castración: fall-in-love o tomber amoureux lo dicen mejor: el que cae se castra. Todo movimiento amoroso que incluye el movimiento agalmático del objeto y su respectiva metáfora, implica una dinámica castratoria; y –como sabemos- si de castración hablamos tenemos que pensar en la barradura del Otro.
Amor implica castración: fall-in-love o tomber amoureux lo dicen mejor: el que cae se castra. Todo movimiento amoroso que incluye el movimiento agalmático del objeto y su respectiva metáfora, implica una dinámica castratoria; y –como sabemos- si de castración hablamos tenemos que pensar en la barradura del Otro.
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Lacan caracteriza al discurso capitalista como rechazo del amor y de la castración (pensemos la diferencia substancial entre la madre que confunde el don de su amor con el don de sus cuidados; madre de la anoréxica, de la bulímica, por ejemplo.) Como nos dice en la clase del 6 de enero de 1972, Seminario El Saber del Analista: “lo que distingue al discurso del capitalismo es esto: la Verwerfung, el rechazo fuera de todos los campos de lo simbólico de la castración. Todo orden que se emparente con el capitalismo deja de lado lo que llamamos simplemente las cosas del amor”-
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Lacan caracteriza al discurso capitalista como rechazo del amor y de la castración (pensemos la diferencia substancial entre la madre que confunde el don de su amor con el don de sus cuidados; madre de la anoréxica, de la bulímica, por ejemplo.) Como nos dice en la clase del 6 de enero de 1972, Seminario El Saber del Analista: “lo que distingue al discurso del capitalismo es esto: la Verwerfung, el rechazo fuera de todos los campos de lo simbólico de la castración. Todo orden que se emparente con el capitalismo deja de lado lo que llamamos simplemente las cosas del amor”-
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Quien re-niega de entrar al vínculo amoroso es porque pretende un saldo neutro en el balance de
su operatoria fantasmática; quiere no caer en la angustia que toda
pérdida esconde. Ya planteado el proceso, esa renegación suele aparecer
morfológicamente a modo de actuación, muchas veces taponando la falta a
través de la bulímica del consumo; otras a través de los hijos o con la
compra de un perro. Obviamente no estamos afirmando que un hijo o un
perro devienen del malestar de la pareja (a veces es producto del proyecto
de a dos que incluye una castración mutua, una renuncia mutua, un ceder
mutuo) pero en muchas ocasiones el sujeto es tomado por la angustia y
frente al vacío –a la irrupción del deseo sin mediación- o simplemente
frente al malestar cotidiano, la pareja “decide” un acting de
este tipo a modo de defensa y por tanto se apuesta al goce del objeto y
no al objeto como causa. De allí también que, como expresó Manonni, un
hijo es síntoma de la pareja. Podríamos, así mismo, hacer una
homologación entre la plusvalía y el plus de goce como producto en el
discurso del capitalista: en Marx -libro 1 de El Capital- hay una
teoría del valor que, según Lacan, no pudo llegar a teorizar
Aristóteles por haber vivido en una sociedad esclavista en donde no
había equivalencia entre las fuerzas de trabajo. El capitalismo
substituye el plus-de-goce por la plusvalía donde, siguiendo el
Quinto discurso introducido por Lacan, plusvalía y capital son
homogéneos y se transmutan uno en otro.
Por eso Lacan se encuentra con Buda
al proponer la inclinación del espejo como final de análisis; al
proponer la barradura del Otro y como tal cierto despojo que lo
confronte con los extremos vacuos de su ser. Nada mas
lejos, desde esta perspectiva, que el discurso capitalista que tapa
permanentemente el mismísimo vacío (que nos obliga a comprar lo que no
necesitamos y nos dice cómo se puede alcanzar la felicidad con un rolex
en la muñeca); vacío que define al sujeto en toda su extensión. Es
decir: a mayor consumo, menor sujeto; a mayor goce, menor sujeto-
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Y
si hablamos de goce, tenemos que hablar del siempre amistoso Falo que
confronta al sujeto a su autismo masturbatorio. Lejos de enlazarse a su
vacuidad, el ser-para-la-muerte se enlaza con su falito. Y, como también sabemos, Falo quiere decir “a ver quien la tiene más grande”. Si en el sujeto hay resto es porque existe la distancia entre el a y el Falo. Si el Tesoro del a el sujeto lo reemplaza por el Falo (“tú eres mi tesorito”)
y por todos sus objetos substitutos con brillo fálico; entonces se
comprende rápidamente cómo el reverso del discurso amoroso es un acting consumista.
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Nada
más poético, si vamos al caso, que un amor que puede privarse de la
violencia que todo consumismo trae adentro de la bolsa del shopping que no excluye botas, carteras, cirujias estéticas, indumentaria de marca y las respectivas cremas europeas para el lifting del imaginario; todos productos de la fetichización del deseo como protésis de la castración del sujeto.
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Marcelo Augusto Pérez
EGO versus AMOR: su articulación con el discurso capitalista.
FRAGMENTO del Artìculo:
El EGO en Psicoanálisis: su vínculo con el deseo y el amor.
PUBLICADO en versión original y completa en:
Revista Actualidad Psicológica Nro. 389
Buenos Aires; Septiembre 2010.